Cambiar la moda

El problema de la corrupción, más allá de la inmoralidad del robo, consiste en que poco a poco se arraiga en la cultura la idea de que la estafa no solo es permisible, sino incluso recomendable, oportuna si se quiere salir adelante.  Más todavía cuando el abuso no se castiga y queda en la impunidad.  La sensación es que se puede salir con éxito en la empresa porque la justicia se hace de la vista gorda.
 

 

Es así como los jóvenes imitan a los mayores desde la más tierna edad.  Entienden que “solo sobreviven los listos”.  Que la honestidad es cosa de tontos.  No paga.  El precio es la pobreza y la mirada lastimera de una sociedad que premia por encima de todo “el éxito”.  Y ser ganador es tener dinero a cualquier precio porque al fin y al cabo nadie pregunta el origen de los fondos.

Es posible que ese sea el origen de la cleptocracia que padecemos hoy.  No es regla escrita, pero en el fondo quizá tengamos (o tengan algunos) la conciencia de que ser listo pasa por robar si se da la ocasión.  “Mula sería si no lo hicieras”, me dijo un amigo.  “Hay que aprovechar las oportunidades que quizá se presenten una sola vez en la vida”.  Y cuántos hay aprovechando la oportunidad “de su vida”.

Es la razón (entre tantas) por la que los políticos se rompen el lomo para llegar al poder.  Les urge gobernar no para servir, sino “para aprovechar la oportunidad de su vida”.  Esa “fortuna” que les da la vida la aprovechan al máximo durante cuatro años y si pudieran por más tiempo porque nunca el dinero es suficiente, ni la sed de poder y gusto por la fama y los honores.

¿Quién les educó el gusto por llevarse lo que no les pertenece?  ¿Es culpa de los padres que no formaron?  ¿En las escuelas ni universidades se les enseñó “ética profesional”, “moral cristiana” o cosa semejante?  Supongo que alguna clase teórica y un buen sermón alguna vez lo escucharon, pero nada es suficiente contra una sociedad demasiado permisible cuando se trata de “premiar” a los listos.

En estas condiciones no queda sino la reproducción de la corrupción, aunque podemos cambiarla.  Transformar nuestra complacencia por las “trampucas” de nuestros hijos: copias, hurtos menores, mentiras, pequeños timos, etc.  Repensar nuestros comentarios que privilegian las conductas “inteligentes” de los ladrones.  Dejar de sentir una secreta admiración por los tramposos del Congreso.  Aprender a sentir vergüenza y compartirla con los amigos por los abusos de los empresarios y banqueros (que son muchos) que formulan triquiñuelas para abusar de la confianza de su clientela.  Quizá solo así podemos poner de moda la honestidad que tanto necesita el país.

Publicado el 10 de noviembre de 2014 en www.lahora.gt por Eduardo Blandón
http://lahora.gt/cambiar-la-moda/

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