Un cuento sin princesas

En el mundo del comercio sexual la demanda de niñas va en aumento. Para satisfacerla, las redes de prostitución se valen de una eficaz estrategia: utilizan a niñas para “enganchar” o “reclutar” a otras niñas, sus amigas de estudio o del barrio en Guatemala y Honduras. Se transforman de víctimas a victimarias.

Jennifer Velásquez**, de 13 años, insiste en que no hizo nada malo. Si acaso ayudó a tres de sus amigas a encontrar trabajo en un bar. Un trabajo que no solo les permitiría ganar suficiente dinero para ayudar económicamente a sus familias sino comprar todo lo que desearan, desde ropa nueva hasta un celular de modelo reciente.

Pero las tres adolescentes obligadas a subir a un furgón y transportadas a la ciudad fronteriza de Tapachula, al sur de México, donde las amenazaron y las obligaron a prostituirse, no le perdonan el engaño. Las jóvenes de 13, 14 y 17 años, creían que iban a trabajar como meseras. “Si tuviera delante a Jennifer, le daría una cachetada por lo que me pasó en México”, dijo una de ellas al ser entrevistada por un fiscal del Ministerio Público (MP) después de su rescate. Hablaba con la voz entrecortada por la rabia y el dolor que le producía el hecho de sentirse traicionada.

Los padres de las tres adolescentes, de San Pablo, San Marcos, acudieron al MP para reportar en diferentes fechas de febrero de 2013, su desaparición. En cada uno de los casos se activó el Sistema de Alerta Alba Keneth, mediante el cual se coordina la búsqueda de un menor con la Procuraduría General de la Nación (PGN), las autoridades migratorias y fronterizas.

Cuando la desaparición de las tres jóvenes se difundió en medios de comunicación locales, los tratantes que las mantenían confinadas, temiendo que en cualquier momento pudiera producirse una redada, decidieron regresarlas a su municipio, donde la Policía las rescató de una casa el 27 de febrero. Durante el operativo, las autoridades detuvieron a Jennifer Velásquez*, de 13 años, que había engañado a las tres adolescentes, y a Blanca Leaneth Rodríguez Pérez, de 27 años, quien guarda prisión preventiva en la cárcel local de Malacatán, San Marcos.

Mientras, las tres adolescentes que fueron obligadas a prostituirse fueron restituidas a sus hogares, Velásquez*, la joven “enganchadora”, fue enviada al Hogar Seguro Virgen de la Asunción, un refugio para menores víctimas de trata administrado por la Secretaría de Bienestar Social. El fiscal Contra la Trata de Personas, Alexander Colop, enfatiza que a pesar de que la joven engañó a sus amigas y estaba vinculada a una red de tratantes que surtía de menores de edad a los prostíbulos de Tapachula, también es una víctima.

Mientras los padres de sus tres “amigas” acudieron de inmediato al MP para denunciar la desaparición de sus hijas, nadie se preocupaba por averiguar el paradero de Velásquez*. Ni siquiera cuando no llegaba a dormir a su casa durante varios días consecutivos. “Ella vivía con su mamá, que tiene antecedentes de alcoholismo. Al parecer, era normal la forma en que se desaparecía, lo cual no sucedía con las otras. Está en un proceso de protección, porque nadie responde por ella. Ese es un derecho humano de la niña que fue violentado y ahora el Estado se lo debe restituir”, explica Colop. Pero Velásquez quiere regresar a lo mismo. “Por eso, en el hogar se le ofrece orientación psicológica para hacerle entender que hace mal… está costando un poco que acepte el tratamiento. A pesar de todo es una víctima, porque estas personas –los tratantes– se aprovechan de ella. Si no la tomáramos como víctima seguiríamos insistiendo más en meterla en esa situación”.

Colop afirma que quienes utilizaron a esta joven para “enganchar” a sus amigas y obligarlas a prostituirse pertenecían a una red transnacional que opera entre Guatemala y México, las autoridades de ambos países trabajan en el caso de manera conjunta. Como parte de la investigación, el MP buscará establecer si esta red se dedica exclusivamente a la prostitución de menores o si también está involucrada en otros delitos como el tráfico de migrantes y de drogas. Colop no cuenta con cifras precisas, pero estima que un diez por ciento de las redes de prostitución de menores en Guatemala son organizaciones transnacionales mientras que el 90 por ciento restante son organizaciones locales.

Según el MP, el 32 por ciento de las víctimas de trata registradas en Guatemala en 2013 eran menores de edad, pero se desconoce cuántas han sido utilizadas como “enganchadoras”. Colop no se atreve a decir si es un fenómeno que va en aumento. Lo que sí está claro, asegura el fiscal, es que las redes de trata recurren a esta estrategia por dos motivos: primero, porque una sola adolescente puede ganarse la confianza de otras jóvenes con mucha más facilidad que un adulto; segundo, porque bajo la ley guatemalteca una menor es inimputable y es tratada como una víctima y no como una integrante más de la red de trata, como ocurrió en el caso de Jennifer Velásquez*.

Normalizar el delito

Como Velásquez* hay más niñas. En Refugio para la Niñez, ONG que acoge a niños y adolescentes en riesgo de violencia sexual, explotación y trata, conocen una promedio de diez a 15 casos al año, jóvenes entre los 14 y 16 años que ingresan al albergue con la intención de reclutar a otras menores para las redes de trata. “Entran y salen de las distintas instituciones para identificar a las chicas a explotar sexualmente”, conoce Leonel Dubón, director de Refugio.

Ninguna de estas jóvenes “enganchadoras” ha actuado bajo coacción, se trata de adolescentes fuertemente involucradas en estas redes o que han pertenecido a pandillas. Muestran síntomas de un profundo daño psicológico que las ha llevado a victimizar a otras menores. “La naturaleza humana muchas veces nos llama a repetir ciertos patrones de sufrimiento. Cuando somos sometidos a presiones muy fuertes en la vida, muchas veces la mente humana lo que hace es tratar de provocar el mismo sufrimiento a una tercera persona. Su autoestima está bastante deteriorada, pasan de ser víctimas a convertirse en victimarias, lo cual, desafortunadamente, les provoca cierto placer”, dice Dubón.

Hay muchas niñas con atecedentes de haber pertenecido a pandillas o con problemas familiares tan fuertes que se acomodan en estas estructuras del crimen organizado. Carolina Escobar Sarti, directora de Asociación La Alianza, un refugio para niñas y adolescentes víctimas de explotación sexual, coincide con Dubón. “Algunas de ellas inconscientemente se alivian cuando otras están en su misma situación. Además, hay una identidad de grupo que se va fortaleciendo de esta manera”, explica. En ocasiones estas adolescentes bajo amenazas han sido obligadas a reclutar a otras. “Las amenazan con matar a sus hijos, a sus hermanitos o a su mamá. Aunque tengan sentimientos de culpa por enganchar a otras, reaccionan al temor”, sabe Escobar.

En otros casos es tan profundo el daño psicológico sufrido, que se normaliza el reclutamiento de hermanas, primas o amigas. Casi como si las ayudaran a encontrar trabajo en un restaurante. “El empleo de jovencitas para la captación de otras niñas se empieza a ver como una tendencia durante los últimos años. Lo estamos viendo como un fenómeno, pero no hay cifras”, señala Escobar.
El perfil de las “enganchadoras”: adolescentes entre los 13 y 18 años, a pesar de su corta edad son las más experimentadas de la organización. El reclutamiento, asegura la directora de Asociación La Alianza, ocurre siempre en el entorno inmediato de la menor: la escuela o la colonia donde vive.

En Honduras también

En una de las redes de prostitución de menores que opera en Tegucigalpa, Honduras, dirigida por una mujer de unos 30 años, conocida como Big Mama, su hija de 16 años es la “enganchadora”. “Esta cipota contrata a las demás, las controla y siente como que ella fuera su dueña, a tal punto que cuando las cipotas quieren ir a trabajar con alguien más, ella les dice: ‘no, con ellos no pueden ir; ustedes trabajan conmigo'”, afirma el taxista Pedro González*, a cargo de llevar a las adolescentes al punto de reunión con los clientes.

Invitar a las jóvenes a una discoteca suele ser la estrategia más frecuente para atraerlas. Una vez que la joven ingresa a la red y comienza a prostituirse, le piden que traiga a sus amigas y el mismo proceso se repite con las nuevas integrantes de la red, perpetuando así la cadena de explotación sexual.

Los hoteles juegan un papel clave: El cliente suele solicitar al recepcionista de turno que le “pida” una joven y negocia el precio que está dispuesto a pagar. El empleado del hotel llama a la hija de Big Mama y la joven enganchadora traslada a la adolescente al lugar, recibe el dinero y paga al resto de la cadena. Si el precio negociado por los servicios sexuales de la joven es de 3 mil lempiras (US$157), por ejemplo, la joven y el recepcionista reciben 500 lempiras (US$26) cada uno y la hija de Big Mama se queda con mil lempiras (US$50).

El “mercado sexual” tiene una clasificación para las jóvenes explotadas: categoría C incluye a chicas consideradas como “no tan bonitas” por las que un cliente paga alrededor de US$75 por un encuentro sexual; la B incluye a chicas consideradas como “guapas”, entre US$150 y US$200, y la A, las chicas más cotizadas, hasta US$500 la noche. Pero las más valoradas en el mercado sexual son las vírgenes, por quienes llegan a pagar hasta 5 mil lempiras (US$261). Y como señala Fátima Ulloa, exjefa del Departamento de Delitos Especiales de la Policía, también existe una demanda de varones entre los 12 y 14 años.

Casa Alianza, un refugio para niñas y adolescentes víctimas de explotación sexual, ha documentado un creciente número de niñas en Tegucigalpa y San Pedro Sula, que “enganchan” a sus compañeras de colegio y algunas han llegado al extremo de amenazar a otras estudiantes para obligarlas a prostituirse. Un agente investigador del Ministerio Público que pide reserva de su nombre, admite que “no se trata de una nueva modalidad”, pero como la mayoría de estos casos no se denuncian, resulta difícil documentar el fenómeno y establecer si es una tendencia que va en aumento. “Lo que ha pasado es que recuperamos a una niña de una red y meses después tenemos información de que anda haciendo lo mismo. Es una consecuencia de la explotación sexual de esa víctima, del mundo en el cual se ha desempeñado, de la falta de oportunidades y de la necesidad”.

La metamorfosis de una adolescente de víctima a victimaria obedece a una dinámica de poder, explica la coordinadora del equipo de salud integral de Casa Alianza, Ninoska Coello Amador. “Me da poder, me hace sentir importante, ahora soy la jefa que capta a las niñas. Vamos por rangos; a mí me están pagando para que capte niñas, pero hay una persona antes que yo. Como ya no voy a estar siendo explotada sexualmente, ya no me voy a tener que exponer. No voy a tener relaciones sexuales con esos hombres; mi nivel va a ser que solo capto y me pagan. Con eso voy a poder tener otro nivel de vida”.

*Este reportaje fue realizado por Claudia Mendoza de “Primer Impacto/Univisión”, en el marco de la Iniciativa para el Periodismo de Investigación en las Américas del International Center for Journalists (ICFJ) en alianza con CONNECTAS.
**Los nombres fueron cambiados.

Publicado el 10 de agosto de 2014 en www.elperiodico.com.gt por Claudia Mendoza 
http://www.elperiodico.com.gt/es/20140810/domingo/154/Un-cuento-sin-princesas.htm

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