Indígenas racistas

 

Estuardo Zapeta

Crecí en Chimaltenango, donde nuestros vecinos eran comunidades Menonitas. Jamás, pero jamás escuché que eran “raros, diferentes, o dañinos”. Repito: ¡jamás!

De hecho, comí su repostería, comí sus mermeladas, platiqué con ellos, mujeres y hombres de paz. De tez caucásica nunca me hicieron “notar” alguna diferencia. De ropa de colores lisos, ellas con la cabeza cubierta, ellos generalmente con “overoles” ¿”Oshkosh”?, y muy elegantes para los servicios religiosos a los cuales fuimos invitados varias veces.

Cada semana que voy para Xela paso por esa Iglesia menonita. De hecho, está antes del Colegio “de Madres”, el María Auxiliadora, de mujeres españolas que hablaban poco, pero lo poco que decían se escuchaba con la “Z” remarcada. En ese colegio, a escondidas de las “madres”, hice mis primeros “cantineos”, de los cuales salí corriendo, tanto por los perros bravos, como por las ollas de agua caliente que seguro me hubieran dejado puro gallo pelado.

Sí, crecí en una comunidad multicultural, donde Menonitas, “Madres”, Anglicanos, Espiritistas (“don Juanito”, camino a Las Lomas), de sacerdotes católicos con “sobrinos”, de “San Simón” a pocos kilómetros, de hombres “afeminados” que tiraban las cartas, leían la mano y el Tarot, y de viejas charlatanas que se enroscaban en anacondas mansas, y pastores evangélicos borrachitos que se “chupaban” el diezmo de los hermanos, pero jamás escuché nada acerca de sacar a tal o cual comunidad de Chimaltenango.

Somos indígenas. El mito más fuerte era que “los gringos comían niños”. Mi hermana se casó hace casi 40 años con uno, y no, no comía niños. Al contrario, introdujo el brócoli a la región, y las arvejas chinas, y los minivegetales, y hacía su “compost” en la casa en cajas de madera con tierra negra y miles de lombrices. Ese gringo, a quien luego llamé “dad”, ayudó al desarrollo local más que cualquier político mentiroso.

Ahora, con tristeza, con mucho dolor, y con pesadumbre veo cómo un grupo de “Judíos”, gente de paz, gente inteligente y productiva, podría ser expulsado de una comunidad de Sololá, a la orilla del bello lago de Atitlán.

“Indígenas pidieron a las autoridades locales expulsar a una comunidad de Judíos Ortodoxos…” reportó en estos días RepúblicaGT.

Eso es racismo en su forma más cruda. Eso es xenofobia en su más despreciable expresión. Los guatemaltecos, seamos indígenas o ladinos, no somos ni racistas, ni genocidas, ni xenófobos. Somos gente de paz.

Estoy seguro de que algún socialista —siendo Hitler uno de las principales figuras socialistas— estará atrás de esta agresión contra una comunidad excluida, discriminada, y rechazada por su etnicidad, su religión, y su forma de existir.

Los Libertarios nos oponemos definitivamente a esa petición de expulsión.

El prejuicio es malo, sea contra un indígena maya, contra un garífuna, contra un afroguatemalteco, o contra un judío ortodoxo.

Y la paradoja: los mismos que dizque luchan contra el racismo, son los mismos que quieren expulsar a la comunidad de Judíos Ortodoxos. Contra esos indígenas parece que el racismo es “malo”, pero cuando ellos lo expresan contra otras etnicidades, entonces lo “justifican”, y hasta lo celebran.

Publicado el 28 de mayo de 2014 en www.s21.com.gt
http://www.s21.com.gt/era-libertaria/2014/05/28/indigenas-racistas

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