La confianza de los inversionistas y la de los piratas

El informe de la encuesta que periódicamente realizan técnicos del Banco de Guatemala para medir los niveles de confianza de los inversionistas en el país ha sido catastrófico por el derrumbe de los que ya eran relativamente precarios. Y no es para menos, puesto que los factores que inciden en las mediciones son fatales porque vivimos en un país donde el irrespeto a las leyes, la inseguridad ciudadana, la corrupción y el tráfico de influencias impide que un inversionista normal pueda actuar con elementales condiciones de certeza sobre el resultado de su apuesta financiera.

Aquí los únicos que se sienten cómodos son los piratas, esos poseedores de capitales que no se andan con ascos o remilgos para dar mordidas, para sobornar a los que toman las decisiones y que se sienten totalmente cómodos con inversiones que aseguran rápido retorno de sus capitales porque no les interesa mucho el futuro. La ausencia de certeza jurídica la sustituyen con la total certeza de que están en un medio donde todo, absolutamente todo, se arregla con el contacto bajo la mesa, donde lo importante es llegar con quien toma las decisiones porque las mismas están siempre en venta, en pública subasta.

El inversionista que pretende certeza, seguridad jurídica y un marco legal de largo plazo, tiene que ir a otro lugar porque aquí cualquier día los diputados se dan cuenta que pueden chantajear a los empresarios y los amenazan con aprobar leyes que puedan perjudicar su negocio. El Congreso ha sido, desde hace muchos períodos, lugar donde se planifican extorsiones más sofisticadas que las que se hacen desde las prisiones, pero igualmente inmorales y deleznables.

No digamos los ministerios que tienen la facultad de otorgar concesiones porque allí todo tiene que ir untado en billetes para que avancen los trámites. Lo mismo pasa con los contratistas del Estado, mismos que tienen que incluir en sus costos no sólo materiales, equipo y mano de obra, sino también soborno y comisiones para lograr el contrato y para lograr que les paguen.

En otras palabras, para ser contratista hay que convertirse en pirata porque no hay otra forma de lograr resultados en un país donde abunda el trinquete.

Personalmente creo que se han eliminado barreras para la inversión, puesto que aquí no hay que llenar requisitos legales ni hay que cumplir con normativas extensas que se puedan exigir a quienes quieren invertir en el país. El trámite es mucho más sencillo, puesto que basta pagar la mordida a la persona correcta para que todo fluya sin problemas. Hay bufetes profesionales que se dedican a hacer esos contactos y son tan buenos que luego terminan premiados porque hasta se les da el control de entidades públicas, como pasa con Puerto Quetzal, para citar apenas un ejemplo, donde se lleva al extremo descarado y cínico ese comportamiento de apropiarse a las claras de bienes e intereses del Estado.

El gobierno actual es producto de una campaña demagógica en la que se ofreció mano dura contra la violencia y mano dura contra la corrupción que sus dirigentes señalaron insistentemente en el régimen de Álvaro Colom. Pero los resultados son patéticamente opuestos porque es obvio que todo fue una pantalla para agarrar incautos y que en el fondo nada, ni la violencia y la seguridad de los ciudadanos, mucho menos el combate a la corrupción, fueron realmente parte de su agenda.

Lo sorprendente sería que, en medio de este marasmo generalizado, el inversionista dijera que tiene confianza en el futuro, porque tendrían que estar ciegos para expresar algo de confianza.

Publicado el 02 de octubre de 2013 en www.lahora.com.gt por Oscar Clemente Marroquín
http://www.lahora.com.gt/index.php/opinion/opinion/columnas/184641-la-confianza-de-los-inversionistas-y-la-de-los-piratas

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