Contaminación visual

Cada día asistimos con resignación a la paulatina destrucción de la belleza de nuestro paisaje natural.

Hay muy pocas cosas en las que todos los guatemaltecos estamos de acuerdo, pero sin lugar a dudas quizás todos coincidimos en afirmar que este pequeño país es uno de los rincones más bellos del planeta. Desde las selvas de Petén hasta el horizonte de la cadena volcánica, desde el cañón de Río Dulce hasta las cumbres de los Cuchumatanes, pareciera que cada rincón de Guatemala ha sido bendecido con una belleza paisajística espectacular. De igual forma, casi todos los sectores sociales –desde el sector empresarial hasta el movimiento ambientalista, pasando por Segeplan, los grupos gestores y las asociaciones de desarrollo rural– identifican el turismo como uno de los más promisorios motores del futuro crecimiento de nuestra economía.

Sin embargo, a pesar de este impresionante (y poco usual) consenso nacional, cada día asistimos con resignación a la paulatina destrucción de la belleza de nuestro paisaje. Vallas publicitarias, torres de comunicación, basureros clandestinos, covachas de “agarradas”, canteras y “piedrineras” (legales e ilegales), pintas partidistas y monocultivos compiten por la ocupación del horizonte visual, la destrucción de nuestros paisajes naturales y la difusión de la fealdad. La ruta hacia La Antigua Guatemala, Patrimonio Cultural de la Humanidad –que debería ser una ruta escénica digna de su destino final, se ha convertido paulatinamente en una patética galería publicitaria.

Y el cada vez más obsceno gigantismo de algunas vallas publicitarias no hace más que agravar el problema.

Escuelas, viviendas, árboles, rocas, muros y postes de electricidad se transforman todos en lienzos para propagar la contaminación visual comercial y política. El descontrolado desborde publicitario compite no solo con el paisaje, sino también con la seguridad vial y la sensatez comercial: la eficacia de cada anuncio individual se vuelve nula cuando queda ahogado en un amontonamiento incomprensible de publicidad. En la meseta de los Cuchumatanes, en medio de uno de los paisajes más bellos que tenemos, una empresa de comunicaciones celulares ha transformado las últimas casas de adobe en enseñas publicitarias de un azul estridente.

Con esta profusión descontrolada de contaminación visual no solo estamos destruyendo el paisaje, también estamos matando a la “Gallina de los Huevos de Oro”: según los últimos datos, el turismo representó más del 3 por ciento del Producto Interno Bruto Nacional en el 2013, y generó ingresos por US$1,480.7 millones –casi Q12 mil millones– que beneficiaron a decenas de miles de familias guatemaltecas. El paisaje no es solamente un asunto de poetas o de ambientalistas ecohistéricos, es la infraestructura indispensable para el negocio turístico en Guatemala, y genera más ingresos que el azúcar, el café, el banano o el oro.

Debemos comprender que la belleza “de tarjeta postal” de algunas regiones europeas no es el resultado de la personalidad más prolija y ordenada de los habitantes de aquellas latitudes. Es el resultado de una cuidadosa planificación territorial, de la formulación y aplicación de estrictas regulaciones, y de la utilización sensata y oportuna de incentivos para proteger el patrimonio cultural y natural de los destinos turísticos más importantes.

Detener la contaminación visual y proteger nuestros paisajes naturales –fuente de orgullo e identidad nacional y motor indispensable de nuestro crecimiento económico– requerirá de la coordinación y el trabajo de todas las instituciones y todos los sectores, desde el Congreso de la República hasta las municipalidades, desde el CACIF hasta las asociaciones campesinas. Es urgente formular y ejecutar disciplinadamente un programa de trabajo para la protección del paisaje: revisar y fortalecer la actual ley de vallas publicitarias; declarar legalmente rutas y vías escénicas; establecer cobros y sanciones por contaminación visual; gestionar ante la UNESCO el registro y protección de nuestros principales paisajes bioculturales como Patrimonio de la Humanidad (el Lago de Atitlán y la Meseta de los Cuchumatanes, entre otros); proteger y recuperar los centros históricos; aplicar cobros a las torres de comunicación para fomentar su uso por múltiples empresas; normar y controlar de manera estricta la propaganda política en regiones de interés turístico; fortalecer el papel de las municipalidades en la defensa del paisaje (luchando contra la corrupción y los cobros anómalos) y, por supuesto, dejar de tratar al Inguat como un simple botín político de segunda, brindándole el presupuesto y el papel central que se merece dentro de un esquema de desarrollo nacional sostenible. A los ciudadanos nos queda, modestamente, el boicot a los productos (y partidos) que más contaminan nuestro paisaje.

Publicado el 19 de febrero de 2014 en www.elperiodico.com.gt por Marco Vinicio Cerezo Blandón
http://www.elperiodico.com.gt/es/20140219/opinion/242897/

No Responses

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


The reCAPTCHA verification period has expired. Please reload the page.