Lo urgente, lo importante y lo inútil

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Publicado por Prensa Libre el 3 de enero 2017

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Pronto veremos cifras referidas al incremento del precio de la canasta básica y otros números que harán pensar cómo es posible vivir en un país “tan caro” y con una cuantiosa población que apenas gana unos dólares al día. Se angustiará y pensará secundar la propuesta de algunos de incrementar el gasto público, reducir la desigualdad, hacer que otros —¡no nosotros!— paguen más y elucubraciones parecidas que aprovecharán sindicalistas para recetarse otro bono al que bautizarán de manera creativa.



Contemplando fuegos artificiales en dos lugares diferentes las noches del pasado 24 y 31, me pregunté por qué se dispendia tanto dinero en ruido y olor a pólvora. Todo el mundo hace su show de luces, no digamos las municipalidades, que además, compran tamales con dinero público, los reparten en horas de trabajo del alcalde y/o publicitan lo anterior en redes sociales para aprovechar el tirón mediático. Son los mismos ediles que pronto se reunirán para reclamar más dinero porque no tienen para pagar la luz, tapar agujeros en las calles, instalar depuradora que elimine aguas negras, reciclar basura o propondrán declarar el estado de Calamidad; por no citar el déficit de puestos de salud, la carencia de lo básico en escuelas o vecinos con desnutrición. Sin embargo, el espectáculo de luces y no digamos la feria, el día del patrón, desfiles o fechas especiales tienen su presupuesto apartado porque hay que derrochar a pesar de que las cifras que exhiben organismos internacionales y nacionales sean lamentables. Ni efectividad ni eficiencia ni interés; pan y circo al mejor estilo populista-caciquil.

Lo urgente se confunde con lo importante y se mezcla con lo inútil, y resuelve el interés del momento. El político gasta nuestro dinero como le da la regalada gana y no hay canasta básica que resista un embate de folclor nacional, la tradición o la piadosa beneficencia.

Políticos, pedigüeños y “cientistas sociales” necesitan de estadísticas repletas de sentimentalismo para diseñar políticas públicas y obtener más dinero del presupuesto. El que tienen está hipotecado en actividades que les generan réditos. La administración vigente será la “más mejor” si organiza una zarabanda más rimbombante que la administración pasada y, además, elegirá con música de orquesta a la “señorita del momento”, alineando a las lindas candidatas en biquini para que los viejos verdes disfruten su sesión anual erótico-festiva, mientras comentan lascivamente entre dientes. De igual modo, el alcalde repartirá más tamales que su antecesor y distribuirá juguetes de “todo a Q10”. Incluso se hará fotos con los más pequeños, mientras su esposa —la no electa— sonreirá sin saber muy bien de qué trata todo aquello. Luego subirán las imágenes a redes sociales para posicionar “en dónde está la esperanza del país para 2019”.

Imagínese que tiene un negocio y el empleado que contrató para que lo gestione saca dinero de la caja y hace fiestas cuando le viene en gana. Posteriormente sube su foto al Facebook o al Twitter y nos quiere convencer de lo bien que lo hace y lo bueno que es. Mientras, usted queda esperando que le rinda cuentas del gasto realizado. Pues eso, pero con cantidades astronómicas y sin vergüenza ni pudor es lo que hace la mayoría de ediles.

Leerá o escuchará lo mal que estamos, lo poco que cobran los trabajadores y cómo hay que mejorar el salario básico. Y es que mientras los cohetes y lo tamales suban de precio y el asistencialismo persista, todo se encarecerá al ritmo que marca el abuso político y consienta la pasividad ciudadana.

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