Ser mujer en la ciudad

También en las sociedades indígenas se ha visto un machismo suelto y un maltrato recurrente.

La semana pasada tuve oportunidad de moderar un conversatorio en “Casa Cervantes” sobre “La construcción de la mujer desde la ciudad”. En la mesa, participaron Maya Alvarado, Eugenia Mijangos y Ana López, quienes reflexionaron sobre el tipo de sociabilidad de las mujeres en un espacio urbano caótico y desmembrado como lo es la ciudad de Guatemala y que está inscrito en un contexto social definitivamente patriarcal, basado en un machismo exacerbado que atenta a la violencia de género, y que es raramente denunciado y visibilizado.

 En definitiva, desde los inicios de la fundación del país, se han encontrado prácticas de machismo y una cultura patriarcal. Por ejemplo, durante La Reforma Liberal, tantos cuerpos de mujeres fueron un territorio donde la cultura blanca, europea y cafetalera vino a preñar el cuerpo indio y moreno, poblando de hijos no deseados, y en muchos casos, no reconocidos, que solo fueron reproduciendo prácticas de abuso a las mujeres. También, en las sociedades indígenas, se ha visto un machismo suelto y un maltrato recurrente a las mujeres. Además, vemos injusticia y falta de humanidad en los cuerpos de mujeres masacrados, quemados y violados por un Ejército en aquellas prácticas de tierra arrasada cuando los militares violaban a las mujeres indígenas, como una manera de escarmentar o disuadir a los guerrilleros. Hoy en día seguimos viendo en historias y en las páginas de los diarios que los cuerpos de mujeres siguen siendo marcados por narraciones de violencia masculina individual y colectiva. ¿No vemos que las prácticas de la cultura patriarcal las reproducimos, y que romper con ellas supone un cambio de paradigma?

 El cuerpo que es el cruce de todas las instancias de la cultura, es el punto de imputación por excelencia del campo simbólico.

 En el conversatorio se ironizó cómo el ministro de Gobernación Mauricio López Bonilla, ante los recurrentes feminicidios y ante la peligrosidad de la banda de violadores en la Calzada Roosevelt su repuesta fue “que las mujeres regresen más temprano a sus casas”. ¿Cura acaso esto la violencia y agresión contra las mujeres?, ¿por qué desde la dimensión política no se entiende que más que esconder a las mujeres hace falta una reforma en la manera en la que cuidamos y organizamos la vida de las féminas?

 Según UNIFEM la violencia contra la mujer, es el tipo de violencia más común en Centroamérica. En lo que va del año se han interpuesto más de 40 mil denuncias judiciales contra agresores masculinos.

 En octubre pasado, el diario español El País, publicó una nota titulada Las muertes por violencia de género tiñen Guatemala, en el que se señala que el 2013 ha sido el año más violento en la historia del país en cuanto a violencia de género, con un promedio de 43 mujeres asesinadas por mes.

 Las estadísticas del Inacif señalan que hasta la primera semana de octubre 2013, 426 mujeres fueron asesinadas con arma de fuego en el país. Otras 127 han muerto por distintas causas: arma blanca y asfixia.

 El mapa de asesinatos por región coloca al departamento de Guatemala con 179 muertes como el más peligroso, para las mujeres, le siguen Escuintla 29, luego Izabal 20.

 En el conversatorio, la feminista maya Ana López contó cómo una vez que iba a ir a cobrar un cheque por su trabajo, como consultora en la zona catorce, una señora de esas zonas de carro con guardaespaldas le preguntó: “vos María estás buscando trabajo”. Es decir, que la violencia no es solo física, sino es el campo de lo simbólico, en la reproducción del racismo y el machismo.

 ¿Por qué como sociedad no vemos que estos dramáticos asesinatos y constantes maltratos a cuerpos femeninos nos desgarran y que son una violación a la dignidad humana?, ¿por qué los políticos no ven que esto nos reduce como sociedad y como humanos?, ¿es este el país que queremos para nosotras, para nuestra sociedad, nuestra familia, nuestras hijas y las hijas de ellas?

 Cada una de las mujeres en este país estamos desprotegidas por un Estado que carece de estrategias concretas para asegurar y cuidar la vida de la población femenina.

 Vimos ya la semana pasada que inicia el proceso contra Roberto Barreda condenado por el asesinato de Cristina Siekavizza, es este un esfuerzo loable, pero la lista de tareas para frenar la gruesa ola de violencia de género es interminable y los desafíos para romper con los mecanismos de socialización de cultura patriarcal extensísima. Tiene que haber otra forma de cuidar y organizar la vida para todas las mujeres.

 

Publicado 02 de diciembre de 2013 en www.elperiodico.com.gt por Marcela Gereda
http://www.elperiodico.com.gt/es/20131202/opinion/238922/

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